En un bar te conocí o te conoceré, en uno encontré un momento de lucidez y en otro perdí la cabeza. A veces he recibido revelaciones como epifanías pero también he quedado amnésico y no he sabido volver a casa.

En un bar un señor me habló con desgana y con aliento a pacharán, un camarero se manchó la camisa blanca con un bic azul. Una señora caliente una tragaperras y un café con leche se enfrió porque su dueño se fue al baño.

En un bar una chica me miró de reojo y un San Pancracio sin brazo y con perejil pocho dio su visto bueno a la situación. Por sus ventanas entró la luz en jarras y me enseñó que hay mil vidas que no son la mía.

En una noche larga de Madrid, en un bar, los neones y las medias luces me dejaron esconderme y moverme como invisible. Me quedé lleno de olor a tabaco y sentí el vacío del hambre. Salí a la calle y me dí cuenta de que hacía frío y no había metro, que perdí la cartera y las gafas, y gané un amigo y una chaqueta.

Te escribo para decirte que echo de menos sus porras, el café en vaso de caña, y la caña en copa de vino. Las copas en vaso de sidra y el bocadillo de calamares congelados que vienen de la China. Las gominolas mezcladas con los panchitos y las patatas fritas en trozos pequeños porque son recicladas.

El primer abrazo que daré, quiero dártelo en un barra, en un bar. Pisando gambas y con una cerveza derramada que me manche la manga. Quiero dártelo y no oírte porque las voces y los olores lo tapan todo. Quiero salir de allí, que el sol me deslumbre, y que el pelo me huela raro. 

Y allí por fin volver a respirar como si nada.

Este texto lo escribí para La Calle es Nuestra en mayo de 2020. Cuando aún no se escribía con IA y estabamos liados con el COVID aún. Lo reciclo junto con algunas fotos de bares en riguroso Kodak Gold con la preciosa Olympus Pen F.